La vida se conjuga en presente

La vida es oler, tocar, conversar, comer, reir, llorar, indignarse, sufrir, resignarse, sorprenderse, crecer…, hacer. Hacer, moverse, y ser en presente activo, pensante y constructivo. 

El pasado ya se fue y ¡el futuro NO existe! Sin embargo, nos pasamos los días gastando este precioso tiempo que la vida nos da, hoy, ahora, en este instante, en mundos ilusorios en los que no podemos cambiar ni construir. ¿Por qué? ¿Qué tienen ese pasado y ese futuro mejor que este presente?

Si nos lo planteamos seriamente, si le preguntamos a alguien que lo haya vivido con nosotros, tal vez nos señale que ese pasado que hoy recordamos como la mejor época de la vida la vivimos con las mismas posibilidades del presente: tuvimos muchos aciertos, buenos resultados en algunos aspectos de la vida y resultados totalmente desafortunados en otros. Seguramente nos vieron llorar, patalear, decir que la vida es injusta, añorar momentos del pasado y desear estar en el futuro, ese futuro que es hoy nuestro presente y del que decimos: “todo tiempo pasado fue mejor”.

Con seguridad, no peor que el de otros seres humanos. Lo que ocurre es que muchas veces vertemos en él amarguras, dolores y miedos que tenemos muy adentro y lo demonizamos creando un relato de tragedias sin fin. Sin embargo, la verdad radica en que generalmente el pasado no fue ni tan malo ni tan bueno, simplemente fue y tuvo un poquito de todo: alegrías, tristezas, triunfos y derrotas. La muerte de un ser querido, una decepción amorosa, un descalabro económico son parte de la experiencia de la vida, pero a veces los convertimos en una tragedia. El curso normal consiste en que estas experiencias dolorosas ocurran, se les haga duelo necesario y se siga adelante, si no es así, si nos quedamos atrapados en ellas es porque no se dirigieron de manera asertiva y quedaron como asuntos no resueltos y que definitivamente hay que solucionar.

El pasado es parte de nuestra identidad, es nuestra historia, sin embargo no podemos quedarnos viviendo en él y si nos acosa debemos tener claridad en varios aspectos:

Los hechos no se pueden cambiar. Lo que se hizo, se dijo, se vivió, es inamovible.

Lo que sí se puede cambiar en el aquí y el ahora es la propia percepción, la propia interpretación sobre ese hecho y eso sí tiene verdadera importancia, porque tal vez constituye la clave para poder “liberarnos” de esas cadenas que no nos dejan avanzar, a fin de poder disfrutar este momento presente que la vida nos regala.

Otro aspecto importante que deberíamos preguntarnos es si estamos utilizando ese pasado para no asumir la responsabilidad en nuestro propio presente. “…usted no se imagina la casa en la que me crié..” …”usted no se imagina lo que me ha pasado a mí…”. A todos nos ha pasado algo, no se vive impunemente. Sin embargo, lo vivido no nos quita la responsabilidad de que el presente nos lo construimos nosotros mismos.

Cambiar nuestra percepción del pasado puede ser una tarea ardua porque muchas veces estamos enfrentándonos a sentimientos y emociones que se hallan muy escondidas y disfrazadas. Buscar soporte profesional es una buena idea, porque una persona externa nos puede ayudar a desenredar, de una vez por todas, esa cantidad de pensamientos y sentimientos que no nos dejan ser felices. No importa si tenemos 20, 30,60 o 100 años, el objetivo consiste en abrazar la vida y disfrutarla con lo bueno y lo no tan bueno que nos da. Reconciliarnos con el pasado es pensar que eso que pasó fue lo mejor o lo único que pudo haber pasado y que por doloroso que fuera, aprendimos y nos convertimos en personas más sabias, humildes, y más fuertes.

El futuro

El futuro es un sueño. Nunca estará completamente en nuestras manos lo que ocurrirá en el próximo minuto, en la próxima hora o el próximo año. Podemos fantasear y regodearnos en una mañana maravillosa y resplandeciente, pero eso no nos llevará a ningún lado. Podemos temer y angustiarnos con ese futuro, más lo único que estamos haciendo es desperdiciar otro momento presente. Mañana es nunca. Las cosas hay que hacerlas ya porque no se sabe si mañana se pueden hacer.

Gran parte de la tragedia del ser humano consiste en que se niega consciente o inconscientemente a vivir una realidad presente, porque para ello se debe aceptar que el presente no es algo automático que se da, sino algo en lo que se debe trabajar. Para lograr un presente digno, hay que tener la conciencia de que yo tengo que agarrar las riendas de mi vida, descubrir qué es lo que quiero hacer con ella, qué quiero lograr, con qué cuento y cuáles son mis opciones. Es una cuestión de reconocimiento, de asumir responsabilidades y dejar de esperar que otros (Dios, el destino, los hijos, la pareja o el Gobierno) nos solucionen los problemas. Dejar de ser una víctima para comenzar a ser el director de nuestra propia vida.

¿Por qué es tan difícil? Porque eso requiere trabajo y los seres humanos tendemos a emplear el mínimo esfuerzo. Requiere carácter, estructura de personalidad, reconocimiento de que NO todo se puede alcanzar, aceptación de que solo con querer no se logran las cosas, sino que hay que definir cómo se van a hacer, si con los medios actuales que tengo puedo asumir los riesgos que mi proyecto implica y tener la capacidad de asumir las consecuencias. En el presente no hay excusas, no hay peros ni “fue que…”, las cosas se hacen o no se hacen. Los avances los veremos en resultados y no por la intención.

El propósito personal 

En nuestra sociedad históricamente se ha visto el ocuparse de sí mismo como egoísmo. Hoy, con las investigaciones dejan claro que hacerse cargo de uno mismo no es solo bueno para la salud física y mental, sino una responsabilidad: si yo no me hago cargo de mí mismo, ¿quién lo hará?

Este cambio de mentalidad no es fácil y menos después de una vida entera dedicada a los otros: a que los niños crezcan, que la pareja se encuentre cómoda o que la familia esté bien… Cuando la edad avanza y las responsabilidades disminuyen, tenemos esa gran oportunidad de decir “primero yo” y principiar a descubrir lo que somos, lo que queremos, lo que nos hace felices y lo que no. Podemos empezar a hacernos preguntas y a encontrar respuestas, a asumir el presente y recuperar la capacidad de ver nuestra realidad, lo que realmente tenemos y cómo estamos. Podemos comenzar a hacer elecciones asertivas y no tomar decisiones condicionales como se ha hecho toda la vida: por circunstancias, presiones, eventos o compromisos.

Pero hay que querer. Se necesita el cuerpo y el alma para hacerse preguntas y asumir el presente. Quien no tiene preguntas, no tiene respuestas, por eso no asume, no toma las decisiones del presente y en ese vacío psíquico aparecen los síntomas: quejas, culpas propias y ajenas, dolores reales e imaginarios, exigencias, rabias con cercanos y desconocidos, odios irracionales, o descontentos generales.

Acomodarse en el “no hacer”, que es consecuencia del “no ser”, resulta muy fácil. Si yo no soy responsable de mí mismo, soy una víctima siempre. Me quejo, regaño, culpo a los demás, me escondo en el pasado para no tener que moverme y me escudo en el “Yo soy así”, que tampoco existe. Nadie “es así”. Sería más correcto decir “estoy así”, porque lo aceptamos, o no, siempre tenemos la posibilidad de cambiar, de evolucionar, de hacer transformaciones, de adaptarnos. Pero, otra vez, es cuestión de decisión. Solo cambiamos si queremos, solo nos adaptamos si queremos. Ese es el libre albedrío y es, tengamos la edad que tengamos, nuestro tesoro.

 

fuente: Catalina Arcilla

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